*Àngel Olgoso.
Este
mes de noviembre comenzamos las microlecturas dedicadas a autores en
castellano con Ángel Olgoso. Reconozco que cuando seleccioné los
cuatro autores que leeríamos durante este curso 2013-14 tuve mis
dudas. Eran sólo cuatro los que podía elegir y son muchos los
autores cuyas piezas merecerían ser leídas con cuidado y atención.
Y eso, centrándome sólo en los que siguen en activo. Sin embargo,
hubo un escritor que en ningún momento dudé que debía ser
incluido; y no es casual que, aunque puede que no sea la lectura más
fácil, haya preferido colocarlo en el primer mes. Y es que Ángel
Olgoso ha dedicado toda su carrera literaria a la literatura breve y,
además, a la literatura fantástica. Sí, una pequeña locura en un
mercado editorial en el que el cuento, ni comento el microrrelato,
siempre figura como el pariente pobre de la novela, y el fantástico
tan sólo es un género entretenido sin ningún peso literario. Tal
vez por esa razón, Ángel Olgoso, pese a llevar toda una vida
escribiendo y tener un buen puñado de libros publicados, es,
prácticamente un desconocido para los no iniciados. Un escritor de
culto que es la forma delicada que tenemos de llamar a los escritores
que, pese a su calidad, no son reconocidos, vaya usted a saber por
qué. Creí que, desde nuestra pequeñez y humildad, merecía un
reconocimiento.
No
quiero extenderme demasiado, que esto es un blog, y os dejaré tres
enlaces para todos los que queráis ampliar información sobre Ángel
Olgoso:
- El primer enlace os llevará a una entrevista que Miguel Ángel Muñoz hizo a Ángel en su blog "El síndrome Chejov"con motivo de la publicación de “La máquina de languidecer”, libro al que pertenecen los microrrelatos que leeremos este mes.
- El segundo, hará que aparezcáis en el blog de Fernando Valls, “La nave de los locos”, donde podréis leer un pequeño resumen de las lecturas que han acompañado a Olgoso a lo largo de su vida (qué es un escritor sino la suma de sus lecturas).
- El tercero, y último, es el inevitable enlace a la Wikipedia para quien sienta curiosidad por los datos biobibliográficos de Olgoso.
Ciñéndonos
a la pretensión de este Microclub de Lectura, esta es muy sencilla.
Tengo la impresión de que han calado ciertos tópicos inciertos con
respecto al microrrelato y, uno de ellos, es que se trata de un
género que se adapta muy bien a esta época de prisas y falta de
tiempo. Si bien es cierto que se adapta perfectamente al entorno
tecnológico que vivimos, asimilar el microrrelato a una lectura
fácil y rápida es un error. Por eso, os invito a disfrutar, a
paladear, a degustar estas piezas de Olgoso con toda la pausa y la demora que merecen, y a compartir lo que os
inspiren conmigo, con nosotros.
Eso
es todo. Bienvenidos, poneos cómodos y disfrutad. Con todos
vosotros, Ángel Olgoso.
Jesús Esnaola
Noviembre 2013
El proyecto
El niño se inclinó sobre su proyecto escolar, una
pequeña bola de arcilla que había modelado cuidadosamente.
Encerrado en su habitación durante días, la sometió al calor,
rodeándola de móviles luminarias, le aplicó descargas eléctricas,
separó la materia sólida de la líquida, hizo llover sobre ella
esporas sementíferas y la envolvió en una gasa verdemar de humedad.
El niño, con orgullo de artífice, contempló a un mismo tiempo la
perfección del conjunto y la armonía de cada uno de sus pormenores,
las innumerables especies, los distintos frutos, la frescura de las
frondas y la tibieza de los manglares, el oro y el viento, los
corales y los truenos, los efímeros juegos de luz y sombra, la
conjunción de sonidos, colores y aromas que aleteaban sobre la
superficie de la bola de arcilla. Contra toda lógica, procesos
azarosos comenzaron por escindir átomos imprevistos y el hálito de
la vida, desbocado, se extendió desmesuradamente. Primero fue un
prurito irregular, luego una llaga, después un manchón denso y
repulsivo sobre los carpelos de tierra. El hormigueo de seres
vivientes bullía como el torrente sanguíneo de un embrión, hedía
como la secreción de una pústula que nadie consigue cerrar. Se
multiplicaron la confusión y el ruido, y diminutas columnas de humo
se elevaban desde su corteza. Todo era demasiado prolijo y sin
sentido. Al niño le había llevado seis días crear aquel mundo y
ahora, una vez más en este curso, se exponía al descrédito ante su
Maestro y sus Compañeros. Y vio que esto no era bueno. Decidió
entonces aplastarlo entre las manos, haciéndolo desaparecer con
manifiesto desprecio en el vacío del cosmos: descansaría el séptimo
día y comenzaría de nuevo.
Àngel Olgoso
La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009)
Ulises
Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza,
urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo
hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y
ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta
que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió
a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches
imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros,
naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas
venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después.
Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Homero, cantó aquellas
aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dáctilos,
persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su
versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las
cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia,
sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las
dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi
descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad
tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a
Penélope.
Àngel Olgoso
La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009)
Un desafío concertado a sable con punta, filo y
contrafilo. Dos caballeros frente a frente, al atardecer, sin
padrinos, médicos ni público. Sólo el juez de campo los ve
lanzarse a fondo, sortear las acometidas, romper saltando en
retroceso. Son buenos esgrimidores, de movimientos elegantes y parejo
dominio, se conocen, se respetan, se han batido con frecuencia,
azuzados por padrinos indignos que intentaban hacerles un cartel de
duelistas. Hoy, una vez más, desean zanjar dignamente tan enojoso
asunto. Pero ninguna estocada pone fuera de combate a los
adversarios, unos rasguños a lo sumo, una caída, una rotura de
arma, un cuerpo a cuerpo. Tampoco en esta ocasión se resuelve el
lance. Cansados, aplazan el cruento ajuste, confraternizan. El manco,
con la vieja camisa zurcida a la vista, parece menos hosco, más
frágil y melancólico. El inglés, de temperamento lenguaraz y
desenvuelto, se despide con ampulosos ademanes. Cien años después,
en el mismo lugar, los dos caballeros descienden de sus landós e
intercambian corteses saludos. Una niebla helada desdibuja los
perfiles del prado. El juez mide el terreno, procede al sorteo, lee
las actas, les entrega las pistolas de cañón rayado. A veinte
pasos, con las armas en guardia alta, esperan la orden de fuego.
Apuntan durante treinta segundos. Aprietan el gatillo: los tiradores
permanecen en pie tras las detonaciones consecutivas. Un proyectil ha
silbado sobre el manco y aún humea el impacto del plomo a los pies
del inglés. Sin menoscabo de su insuperada reputación, con objeto
de poner fin a esta absurda rivalidad en la que nadie ha recibido
ofensas, los dos gallardos contendientes, Miguel de Cervantes y
William Shakespeare, volverán a comparecer una y otra vez en el
campo del honor.
Àngel Olgoso
La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009)




