Bien, llegamos a la tercera semana de este mes dedicado a los cuentos de Olgoso con tres piezas muy diferentes. Y en los tres la sorpresa final tiene mucha importancia. En alguna entrevista he leído que el propio Olgoso confiesa que en su momento tal vez abusó de los finales sorpresa, trampa en la que todos los que escribimos microrrelatos hemos caído alguna vez. Los finales sorpresa tienen un problema sobre el que no creo que sea necesario insistir mucho; incluso en el caso de alcanzar su objetivo, sorprender, los mecanismos de la sorpresa son repetitivos y reincidentes, lo que desemboca en la previsibilidad y el aburrimiento. Sin embargo veréis cómo incluso en la sorpresa los textos de Olgoso tienen siempre un valor añadido que los hace especiales; un valor estilístico, semántico, compositivo, además de no ser esclavos de la sorpresa final exclusivamente, no hay más que ver la creciente perplejidad e inquietud con que uno lee "El otro Borges".
Con estos tres microrrelatos terminamos las lecturas propuestas sobre las que espero vuestros comentarios. Y ya que estamos en ello me gustaría conocer vuestra opinión sobre los finales sorpresa en el microrrelato y, de forma especial, sobre estos tres textos propuestos.
Espero que estas tres sesiones hayan servido para el disfrute de quienes ya conocíais a Olgoso, y para que quienes no lo habíais leído aún, tengáis la impresión de que este club de lectura haya sido el comienzo de una gran amistad.
Y no quiero finalizar esta entrada sin antes recordaros que el próximo lunes 25 de noviembre realizaremos un chat con Ángel Olgoso a las siete de la tarde al que estáis todos invitados.
TESOROS
Hoy, como otras veces, salvé las siete esclusas de seguridad, evité
los guardianes y las alarmas y descendí hasta el tercer nivel del
subsuelo con mi saco vacío a la espalda. Ahí estaba el tesoro de
Troya (copas de oro, collares y diademas engarzadas, hachas-martillo,
máscaras de plata y lapislázuli), la Quimera etrusca de Arezzo, la
cabeza de alabastro traslúcido de la reina de Saba, el tesoro de
Atila y el de Jabhur Jan, las dos puertas de Ubar (la Atlántida del
desierto) engalanadas cuatro mil años antes con las más preciadas
joyas y metales, ahí estaban reunidas, en largas y ordenadas
hileras, todas las grandes maravillas de la antigüedad: fruslerías.
Pasé de largo. Me adentré en la sala que reproducía, invertida,
una cúpula gigantesca. A la luz de los hachones, mientras me punzaba
una extraña mezcla de miedo y alegría, contemplé de nuevo el más
espléndido de los tesoros, vedado al común de los mortales.
Cualquiera podría matar o morir por esa visión gloriosa, por esa
plétora, por esa infinita cornucopia oculta en el silencio de las
profundidades. Amontonadas escrupulosamente como lingotes idénticos,
me esperaban, llenas de promesas, incólumes, las Horas Perdidas.
Abrí la boca del saco.
Àngel Olgoso
La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009)
EL OTRO BORGES
Soy periodista. Conocí a Borges en el Aula de los Venerables, en
Sevilla, durante el Seminario de Literatura fantástica. Todos
bebimos sus palabras. Tras la entrevista (“prefiero las preguntas a
las respuestas”, “lo importante es, creo, soñar sinceramente”,
“ese lindo verso de Cansinos, El río está lleno de espadas…”)
dejé caer que poseía una primera edición del “De bene disponenda
biblioteca” de Francisco de Araoz. El maestro se emocionó y,
levantando la cabeza al techo, como si hojeara amorosamente en el
aire aquel ejemplar de 1631, lo reputó de tesoro. Prometí hacérselo
llegar en alguna ocasión. Seis meses después, en Buenos Aires, y
confirmada mi visita, Borges me atendió con suma cortesía en su
apartamento de la calle Maipú. Cuando entré, tanteaba en el
interior de un reloj sin cristal. “Usted sabe -dijo mirándome sin
verme-, la música de las esferas conculca a la otra del tiempo, pero
ninguna puede librarnos de la muerte.” Después acarició el libro
hasta que María Kodama se ausentó del cuarto. Lo que ocurrió a
continuación me dejó boquiabierto. Borges apartó a un lado su
bastón escocés, se sirvió un brandy hasta el borde del vaso y lo
bebió de un trago. De repente su cuerpo parecía menos quebradizo,
su pelo menos blanco y su templanza más impaciente. “Me siento,
bueno, conmovido, permítame usted regalarle algo a cambio, alguna
confidencia. Dígame, Avilés, qué elige: este tetradracma de oro,
una copia de la primera novela que recién acabé de dictar o una
prueba de mi fingida ceguera… sí, desengáñese, nada de sombras
ni formas adivinadas, nada de amarillo desde aquella lejana
operación.” Hablaba con ilusorio convencimiento. Yo temía sobre
todo que María Kodama regresara de pronto, así que acepté a
regañadientes el tetradracma. Las dos últimas bromas eran señuelos
demasiado banales para venir del propio Borges. Nos despedimos.
Cuando salía por la puerta, me llamó. “Amigo Avilés, ¿sabe
usted que lleva una pelusa sobre el hombro izquierdo y que destaca
abominablemente?” Sonreía con pícara indulgencia. No recuerdo si
bajé la vista hacia mi hombro, pero sí que lo último que vi del
maestro fueron sus dientes postizos.
Àngel Olgoso
La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009)
EN
UNA EXPOSICIÓN
El
desconocido, como los que saben que pronto volverán al cauce mudo de
la soledad, no dejó de hablar durante toda la tarde. Coincidimos en
la valoración de los dibujos de José Hernández expuestos en la
galería, y ello estableció una proximidad de algún modo amistosa.
Había algo gallináceo en su aspecto de empleado que agita
nerviosamente el portafolios con una mano y arruga El Eco del
Comercio con la otra. Yo apenas abrí la boca mientras fluía el
curso de sus reflexiones y me aleccionaba en voz baja sobre morbosas
patologías artísticas, antiquísimas creencias o los estigmas
físicos de los mitos. No le presté especial atención hasta que un
comentario suyo me provocó escalofríos. Dijo que las manos de los
demonios no tienen dorso, que son palmas por ambos lados. Miré con
cautela alrededor. No había ya público y la noche crecía tras el
cristal de la entrada. De pronto quise evitar aquella conversación,
aquella compañía, aquella sala de arte. Me despedí verbalmente del
desconocido, que pareció quedar un tanto contrariado, entre la
sorpresa y la curiosidad, a la espera tal vez de un gesto menos seco,
de que le tendiera una tarjeta o estrechara su mano. Me alejé con
las mías en los bolsillos del pantalón, de donde en ningún momento
las había sacado, y reparé en lo mucho que me sudaban las palmas.
Las cuatro.
Àngel Olgoso
La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009)



