Ángel Olgoso, 2. Escritura y humor.








Si durante la primera semana nos hemos centrado en tres microrrelatos que utilizan la técnica de la intertextualidad, aunque de modos bastante diferentes, esta semana he seleccionado los textos (de entre los que seleccionó Olgoso), por temas: el humor negro y la escritura sobre la escritura.
En Hispania I un cuento terrible, casi gore en alguno de sus aspectos, sólo la ironía cómplice hace la conexión entre escritor y lector.
Igualmente es importante el humor en El misántropo, cuento macabro, cruel, que a mí se me antoja pudiera tener algún toque autobiográfico.

Permitidme ahora que ceda la palabra a Olgoso:

Desde siempre he estado abocado a la brevedad: por carácter, por afición, por convicción y también por una elemental cortesía hacia el lector (prefiero ahorrarle los tiempos muertos, las genealogías, los lugares comunes, los lugares intrascendentes). (...) Mi opinión es que basta lo suficiente. Unas pocas líneas o unas líneas, pueden mostrar la esencia de algo; ya lo amplificará después el lector en su mente. Además, reconozco que me fascina el relato como miniatura, como mecanismo de precisión, como piedra pulida, como botellita que encierra un mundo, como armazón geométrico que esconde imágenes fulgurantes; me apasiona esa maravilla de lograr algo en lo que no sobra ni falta nada, esa contención del lenguaje que requiere lo breve, esa tensión narrativa, el vértigo de su historia, de su composición o de su sentido último, esa autonomía radical en definitiva.

Los dos relatos siguientes, La pesca y La derrota, son microrrelatos sobre el acto de escribir que a veces es muy parecido al acto de vivir. Espero que los disfrutéis.








                                                           HISPANIA I



Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo, extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas, desmembrándome por completo. Resultaba extremadamente curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego, y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna. Parecía bastante probable que, de un momento a otro, habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha de cocina, sin embargo en modo alguno trato de sugerir descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad.


Àngel Olgoso
La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009)







 
EL MISÁNTROPO



Don Celso Filgueira convocaba la antipatía de todos los vecinos del concello de Ribadeo. Confundían su pereza verbal con arrogancia y la justa cordialidad con desprecio. Recelaban de su negativa a copas y cafés y de su timidez bronca que no se paraba en hipocresías. El malentendido es la ley de gravitación de los solitarios. Cuando don Celso murió, todos consideraron para sí a aquel sujeto insociable una especie de lobezno muerto y bien muerto, pero don Celso Filgueira fue enterrado inadvertidamente con vida. Él, que anticipó esta contingencia (la soledad regala a manos llenas tiempo y temas), hizo instalar en su féretro un sistema patentado por el ingeniero Avendaño, de Monforte. Así pues, al despertar, oprimió en seguida el interruptor que levantó en la superficie un disco portador del número de enterramiento, encendió la lámpara de señalización y conectó la sirena de alarma. Era la mañana después de san Wenceslao, llovía y el soplo del orvallo apenas dejaba escuchar la llamada de auxilio. Mientras don Celso se removía como loco en la oscuridad, devorado ya por los gusanos del miedo, los vecinos iban acudiendo al camposanto atraídos por aquellos extraños e incansables bocinazos. Bastó que supieran de qué tumba provenían para que se dieran media vuelta. Y subiéndose unos las solapas y sacudiéndose otros las pellas de barro en los retamales, todos se alejaron, se alejaron.


Àngel Olgoso
La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009)






 
LA PESCA



Cada vez que el artista -que ha renunciado a la luz del sol y malcome en su cuarto- acecha con renovada ilusión las ideas que se van formando bajo el cielo raso hasta gravitar como cautivadoras esferas evanescentes, hechas de pura limpidez, con algo de embrionario, de homúnculos que despiden su propia luz a medida que se vuelven tangibles y nítidos; cada vez que el artista se cerciora -por instinto- de su madurez, de su calidad perdurable; cada vez que levanta en el aire ese pequeño arpón que siempre le acompaña -semejante al bichero usado en las almadrabas para atrapar atunes- y, con brazo férreo, engarfia una a una las ligeras y resplandecientes ideas y las baja a tierra con gran cuidado; cada vez que el artista las deposita a sus pies y el sedoso contorno de aquellas esencias roza la nubecilla de polvo del suelo, tiznándolas invariablemente; cada vez que el artista las desprende con suma delicadeza y las toma al fin entre sus manos, no son ya sino algo sucio, marchito, mezquino.


Àngel Olgoso
La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009)






 
LA DERROTA



Para qué huir de ella. No puedes guardarte ni escapar. Antepone tu persecución a toda otra idea. Más pronto o más tarde, a la menor oportunidad, te atrapará. Con paso poderoso, como una sombra leonada, buscará hasta encontrarte. De nada te sirven la Capa de Invisibilidad y su caperuza cubierta de rocío, las Botas de Siete Leguas con las que corres treinta y dos veces más rápido que el más veloz de los hombres, la Hierba de Glauco que hace saltar las cerraduras de todas las puertas, el Tapete de Rolando que te permite convocar cualquier alimento que desees, la Flor Mágica capaz de colorear y perfumar cada una de tus desdichas. De nada te servirán cuando ella -ávida, arrogante, burlona- cierre los caminos y te cerque con infalible celeridad. Puede que llegue sin aliento -es vieja y seca-, que su jadeo delate lo agotador de la incesante tarea que la ocupa desde siempre, pero no puedes albergar dudas sobre el desenlace.


Àngel Olgoso
La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2009)

 

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